La serenidad que te da el mar difícilmente la encuentras en otro lugar, este espacio abierto en el que muchos poetas se han inspirado.
Una persona como Agustín Altisent escribió sobre el mar
‘El mar es insólito: inmenso se agita, a veces ferozmente, pero siempre con movimientos elegantes. A veces el mar no parece naturaleza sino destino’
Un salmo dice que Dios ‘les señaló a las aguas unos limites que no traspasarán’ y el mar obedeció permanece en su sitio. El mar es el mayor espectáculo natural que Dios nos ofrece. A veces furioso parece que va a cubrir con sus gigantescas olas la superficie terrena sin embargo caen retenidas con su espectacular espuma blanca sobre las rocas o sobre la arena de la playa.
También en su calmada quietud nos hace sentir poetas a los que la amamos como cosa nuestra.
Pero el mar no es de nadie, el mar es de Dios.
El mar nos habla con su rumor y otras veces en su furia nos pide respeto y amor. Nos previene que no se puede jugar con su inmensidad porque su poder está en manos de Dios. El mar es vida.